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Obsolescencia planificada: El diseño de la economía de consumo.

Era la víspera de Navidad de 1923. Un grupo de hombres a cargo de las más importantes empresas eléctricas y manufacturadoras de bombillos eléctricos se reúnen en Suiza con un plan que cambió el mundo y su economía hasta nuestros días. Diseñaron un plan que daría a sus productos el mismo rendimiento, mil horas, para crear una banda sin fin de consumo que impulsa la economía desde entonces. Este cartel, encabezado por Osram (hoy en día conocido en nuestra parte del mundo como Sylvania), Philips, General Electric, Associated Electrical Industries y Tungsram (hoy en día, todas la misma empresa), y otros pocos, se denominó "Phoebus". El acuerdo no sólo estandarizó el rendimiento de los bombillos durante los siguientes casi 20 años, sino que dividió el libre mercado del mundo en segmentos donde cada integrante fungiría como el único productor creando, en efecto, un oligopolio.

El cartel Phoebus debía operar hasta 1955, pero vio acortada su expectativa producto de la Segunda Guerra Mundial. No obstante, su plan difundió a otros sectores del mercado, creando la economía de consumo que caracteriza a la generación de los Baby Boomers y que, como mencionamos arriba, está vigente hasta nuestros días. La planificación de la obsolescencia, o la ingeniería de la caducidad de un producto, tiene cinco posibles renglones:

1) Funcional: A su vez se puede sub-tipificar en dos, aquella natural y aquella forzada. Responde al desgaste de los componentes, lo que hace el producto inservible. En la natural, es desgaste es inevitable, pero puede remediarse con una reparación o un cambio de partes. En la forzada, hay una manipulación en la manufactura de uno de los componentes, de modo que se puede predecir cuándo dejará de funcionar y, para entonces, no existen refacciones disponibles, conduciendo al consumidor a tener que descartar el producto y adquirir otro nuevo. Esto constituye una limitación de vida útil.

2) Técnica: Las empresas ponen a la venta un producto, al mismo tiempo que ya están terminando el diseño del siguiente modelo, que a su vez sale a la venta poco después, creando un ciclo en apariencia continuo de progreso científico que tiene por propósito tener a los consumidores siempre a la expectativa de la nueva minúscula mejora. También existe en forma sistémica, es decir, que el producto funciona bien, pero el sistema que lo soporta cambia, haciéndolo obsoleto.

3) Estética: Los productos son percibidos como menos deseables o atractivos, en respuesta a las tendencias de la moda. En este renglón, el consumidor es motivado a comprar un nuevo producto, aún cuando el que ya ha adquirido aún funciona apropiadamente.

4) Aplazamiento: Las naves bandera son embarcaciones empleadas por los comandantes de una flota náutica y caracerizada por una bandera especial. Los productos favoritos de las empresas que los fabrican y venden son denominados "naves bandera". El aplazamiento no es más que la aplicación de novedades a los productos "naves bandera", posponiendo su aplicación productos menos favoritos o viejos, induciendo al consumidor a optar por el primer producto, reemplazando los segundos.

5) No planeada: Las innovaciones científicas, giros de suerte y situaciones aleatorias conducen a la caducidad de un producto, favoreciendo otro. Presenta una oportunidad no planeada, pero aprovechada por sectores del mercado.

La obsolescencia también obedece a otras razones, adicionales a impulsar la economía de consumo, y la propiedad intelectual es una de las más importantes. A diferencia de la autoría intelectual, el reconocimiento a las personas responsables de una idea, la propiedad intelectual es un recurso legal que limita la aplicación de una idea, creando una escasez artificial, protegida por las leyes, pero no por limitaciones técnicas o funcionales. Uno de sus mayores detractores, Stephan Kinsella, en su obra "En contra de la propiedad intelectual", la percibe como una amenaza a la libertades civiles y del mercado, así como una limitación para el avance verdadero de un sector económico. ¿Y cómo aplica esto a salud?

Nuestro blog está dirigido al sector sanitario, particularmente el privado, de modo que es una obligación tomar estos temas del mundo de negocios y traerlos al contexto de la salud, por incómodo que parezca o nos resulte realmente. En sus inicios, la prensa, tenía la obligación de decidir qué noticias presentar al público, velando siempre por el mejor interés de éste y el peso de la noticia. Durante algún tiempo, ha cambiado su enfoque a aquel del entretenimiento, trayéndonos noticias exageradas, dirigidas a atraer la atención del público y mantener a sus anunciantes felices, sin miras al mejor interés del público.

Este fenómeno, por su parte, ha sido aprovechado por numerosas empresas que aprovechan los espacios noticiosos para anunciar sus avances, por pequeños que realmente sean, sembrando la semilla de la demanda. Salud, a diferencia de otros sectores económicos, no ha podido romper con al menos una de las barreras de consumo: Hacer de sus bienes más baratos. Toda mejora es más cara que su versión anterior. Y es así como la obsolescencia planificada se disfraza de innovación.

Como consumidores de bienes, ya sean productos o servicios, debemos mantener una mente crítica ante puñados de proveedores con pobres ofertas. En el sector privado cada centavo debe valer, de modo que se debe considerar bien el riesgo de descapitalización al comprar una solución más cara, asumida por las empresas para brindar un mejor servicio o transferida a los consumidores quienes buscan una mejor atención. El término que bien define este balance es "costo-efectividad". ¿Vale la pena pagar más?

Como proveedores, debemos tener cuidado al saturar al público con también pobres ofertas, que no mejoren significativamente su bienestar o su experiencia de consumo. Recuerden que la publicidad de boca es la peor a la que estarán sujetos. No es lo mismo proporcionar atención sanitaria que vender un producto,  porque requiere una relación de confianza cimentada en la comunidad. No obstante, es importante defender el libre mercado y tener a nuestros pacientes informados. Si existiera un bien disponible, el paciente como consumidor debe poder elegir libremente porque en última instancia es responsable de sus decisiones de salud y será quien pague la cuenta.

Claro está que como conocedores de la materia, debemos estar en capacidad de recomendar una opción sobre otra. Recuerden, ellos acuden a nosotros por confianza, una que debemos mantener sobre otros intereses. Es difícil acusar a empresas como miembros de un oligopolio porque, al igual que todo en el sector sanitario, somos pocos los interesados en participar. No es un mercado atractivo, en comparación con otros, por las limitaciones que modulan su avance. Sin embargo, nuestra formación científica debe primar sobre publicidad, prebendas y, claro está, obsolescencia planificada enmascarada de innovación.

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